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Conservación al alcance de todos

Diariamente, los medios de comunicación informan sobre la acelerada pérdida de la biodiversidad en todo el planeta. Sólo en Colombia se estima que por lo menos 1.200 especies silvestres se encuentran bajo alguna categoría de amenaza de acuerdo con los listados del Ministerio de Ambiente y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Adicionalmente, algunos ecosistemas como el bosque seco tropical se encuentran en peligro crítico de desaparecer.

Las causas de esta debacle están relacionadas con actividades humanas como la agricultura, la ganadería, la minería, la sobrepesca, el tráfico ilegal y la urbanización, entre otros.

Ante esta crisis, las respuestas no se han hecho esperar. Sin embargo, el trabajo de investigadores y conservacionistas pareciera estar muy lejos de su objetivo .Esta columna busca analizar algunos de los escenarios que se presentan en el país, en referencia a la conservación de la biodiversidad y las realidades territoriales.

 La biología de la conservación como respuesta a la crisis

Se entiende por biodiversidad la variedad de ecosistemas, especies y sus diferencias genéticas, cuyas interacciones con el resto del entorno, fundamentan el sustento de la vida sobre el planeta. Una de las principales razones para implementar estrategias de conservación es que la biodiversidad nos provee bienes y servicios, conocidos como servicios ecosistémicos, que soportan nuestra economía, cultura y la existencia misma de la humanidad. En otras palabras, necesitamos conservar la naturaleza, para poder mantener nuestra civilización en el planeta.

En este contexto, la biología de la conservación surgió en las últimas décadas, como una disciplina científica que busca proteger y manejar -basándose en criterios técnicos y éticos- la biodiversidad y los servicios ambientales que nos provee. Esta ciencia procura mantener una jerarquía para el abordaje de sus estrategias de protección, donde son prioritarios los ecosistemas sobre las poblaciones, y estas, a su vez, sobre los individuos. Es así como la mayoría de iniciativas exitosas de conservación de fauna y flora silvestre que conocemos, se basan en estos principios.

No obstante, los retos que enfrenta la biología de la conservación en Colombia no son sencillos de superar. La transformación de los ecosistemas y la pérdida de especies ha sido originada por factores que requieren soluciones complejas y a largo plazo, e involucran diversos actores. Por ejemplo, la desigualdad social y la marginalización de las comunidades que habitan las zonas más biodiversas del país, los modelos económicos extractivos y poco sostenibles, la falta de educación y sensibilización ambiental, sumado al escaso interés real de los gobiernos en la conservación de los recursos naturales, impiden que, a pesar de los enormes esfuerzos, se revierta la tendencia de reducción de la biodiversidad en el país.

Niño en monumento a los hipopótamos en Doradal, Antioquia. Foto : AFP
Niño en monumento a los hipopótamos en Doradal, Antioquia. Foto : AFP

Realidades territoriales y conservación

En medio de este escenario complejo, hay un detalle que no ha recibido la suficiente atención por parte de los conservacionistas. En los últimos años, a medida que la población humana se expande y la tecnología se vuelve más omnipresente, hemos visto una desconexión cada vez mayor entre las personas y la naturaleza. Los niños ya no juegan al aire libre ni hacen descubrimientos de historia natural por su cuenta; en cambio, la televisión, las computadoras, los teléfonos celulares y otros dispositivos compiten por el tiempo libre

El modelo educativo colombiano también es un reflejo de esta situación. Probablemente no existe una verdadera conciencia sobre el valor de la biodiversidad local. Por eso, desde el ámbito escolar se motiva muy poco a los niños a experimentar e indagar los fenómenos naturales. En nuestros primeros años escolares, cuando empezamos a conocer el mundo, las maestras nos piden colorear al tigre asiático o la jirafa africana. Por otro lado, en nuestras casas jugamos con peluches de osos panda. Por eso, es común que los niños conozcan más de los elefantes que sobre las dantas. Los hijos de mis amigos pueden recitar de memoria el nombre de decenas de dinosaurios extintos, pero no conocen casi que ninguno de los reptiles que habitan en el país.

Otra razón de esta desconexión es que se estima que el 74% de todas las personas en Colombia ahora viven en ciudades tal y como lo concluye el Censo Nacional de Población y Vivienda de Colombia del año 2018  y la diversidad de plantas y animales con los que interactúan se homogeneizan, en el sentido de que son las mismas especies adaptadas a la ciudad las que se ven día tras día4. Es por esto que se muestra más empatía por los animales domésticos que por las especies nativas (aves, reptiles, pequeños mamíferos). Incluso, en algunos casos esta preferencia por los animales de compañía puede poner en riesgo a la vida silvestre.

Las visiones urbanas también definen las prioridades de uso de suelo en nuestro país. Desde los Andes se entiende el territorio bajo una matriz de bosque – no bosque, omitiendo una infinidad de ecosistemas que no necesariamente calan en esta estructura binaria. En el Caribe donde la mayoría de los bosques desaparecieron, casi por completo, se percibe el bosque seco y su fauna como algo lejano y ajeno, que no provee beneficios. Por esto, es común que los tomadores de decisiones no fundamenten sus políticas en el cuidado de la biodiversidad nativa. Por el contrario, desde el gobierno se promueven proyectos extractivos (por ejemplo, la agroindustria), y se ha creado entre los colombianos la idea de que sólo los paisajes homogeneizados y transformados son valiosos y productivos. Esto dificulta el trabajo de conservación, dado que los ecosistemas naturales son vistos en muchos casos como zonas improductivas o maleza, que no traen ningún beneficio a las personas.

Los seres humanos suelen generar empatía sólo por lo que conocen y asocian como propio o cercano. Si desde pequeños estamos desconectados del entorno natural, y el entorno en el que crecemos desprecia el valor de los ecosistemas nativos y resalta los valores aprendidos en los medios, seguramente será más difícil poder generar una conciencia ambiental argumentada. Un ejemplo claro de esto son los crecientes movimientos urbanos que buscan proteger a los hipopótamos invasores del Magdalena Medio por encima de cualquier argumento, aun cuando esto significa un impacto sobre especies nativas amenazadas como los manatíes.

En mi próxima columna le daré continuidad al tema desde el conflicto entre ambientalistas, animalistas y conservacionistas y cómo eso atenta contra la biodiversidad. ¿Cómo tender puentes? Esa debe ser nuestra búsqueda.

*Foto de portada: Oso palmero u oso caballo (Myrmecophaga tridactyla) es una de las más de 1200 especies amenazadas de Colombia. Autor: Cesar Rojano

About César Rojano B.

Yo soy Médico Veterinario zootecnista, Magister en ciencias veterinarias del trópico. Soy director científico de la Fundación Cunaguaro y coordino el Proyecto de conservación de hormigueros de Colombia, que es de Cunaguaro también.

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